27 de Mayo de 2016

Teleformación: la “fuerza” frente a la nueva brecha digital

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Rafael Ballesteros, Coordinador de eLearning ADAMS Zaragoza

Hace no muchos años el concepto de brecha digital hacía referencia  a una realidad entonces emergente: las barreras económicas o físicas de acceso a internet que padecían determinados colectivos con escasos recursos o países con deficiente infraestructura técnica y tecnológica. Aun cuando la Red ya estaba globalmente aceptada y en inexorable proceso de implantación, seguía habiendo zonas de sombra, ciegas, sordas y mudas ante un fenómeno imparable.

Administraciones y agentes sociales comenzaban a reivindicar (y continúan haciéndolo en la actualidad) el acceso a internet como un derecho humano más, hasta el punto de que las Naciones Unidas así lo reconocieron en 2011: La única y cambiante naturaleza de Internet no sólo permite a los individuos ejercer su derecho de opinión y expresión, sino que también forma parte de sus derechos humanos y promueve el progreso de la sociedad en su conjunto. La ONU estableció que los gobiernos deben esforzarse para hacer Internet ampliamente disponible, accesible y costeable para todos. Asegurar el acceso universal a Internet debe ser una prioridad de todos los estados[1].

A día de hoy esta tendencia parece universalmente consolidada, pese a que siguen existiendo colectivos desfavorecidos y regímenes que restringen o bloquean el acceso a internet por intereses estrictamente partidistas y de control de la información a la que acceden sus ciudadanos, a los que quieren sometidos, fuera de la “perniciosa” influencia del conocimiento. Pero lo cierto es que en las sociedades desarrolladas o en vías de desarrollo, ya es habitual disponer de conexión a internet, bien en el domicilio, en el trabajo, cibercafés, o mediante dispositivos móviles con su propia tarifa o a través de redes WI-FI públicas. Y aunque los precios todavía tienen mucho que mejorar, no es menos cierto que cada día resulta menos gravoso. Así que podemos afirmar que la brecha digital ya no reside en la posibilidad de conexión a internet sino en el uso que se le da a esta nueva herramienta de acceso a la información, la cultura y el conocimiento.

En el episodio IV de la Guerra de la Galaxias, el pérfido Darth Vader se refería a la primera Estrella de la Muerte como “terror tecnológico” e instaba a la cúpula militar a no ofuscarse con una fuerza bruta que ofrecía la posibilidad de destruir un planeta, a la que consideraba insignificante comparada con el poder de “La Fuerza”. Su alter ego luminoso, el ínclito Yoda, un episodio de la saga más tarde, ponía de manifiesto que el reverso tenebroso de La Fuerza, encarnado por Vader y su terrorífica Estrella de la Muerte, se basaban en la agresividad y el miedo; mientras que la Fuerza se usa “para el conocimiento y la defensa”.

Conocimiento, en el sentido más amplio del término; y defensa, frente a la ignorancia y la represión. En estos tiempos en los que parece que internet es el bálsamo de Fiera Brás de todos los problemas (porque es democratizador, socava las jerarquías, proporciona voz y relevancia a ciudadanos anónimos y permite acceso instantáneo a los flujos de información…), aparece un nuevo factor desestabilizador que marca las diferencias frente al “terror tecnológico” de la fuerza bruta de una simple conexión a internet: qué, cómo, por qué y para qué la usamos.

Tener el mejor dispositivo con la mejor conexión no nos hace mejores; tampoco nuestra habilidad en su manejo o el desarrollo y descubrimiento de las nuevas posibilidades que ofrece para el ocio o el consumo. La adaptación y comprensión del nuevo lenguaje y la adquisición de adictivos hábitos digitales tampoco parecen muy meritorios si consideremos cómo, sin ir más lejos, nuestros abuelos o padres incorporaron sin demasiado dramatismo (más bien al contrario) avances como la radio, el teléfono, el automóvil, los electrodomésticos, la televisión o, más recientemente, la telefonía móvil. En el caso de internet la diferencia radica en cómo somos capaces de sacarle provecho para ser mejores, para crecer como personas, para mejorar nuestro espíritu crítico, para comprender mejor el mundo que nos rodea y… para mejorar nuestra formación integral, tanto a nivel personal como profesional.

Los tiempos en los que un trabajador entraba como aprendiz en una empresa y se jubilaba en la misma empresa recibiendo a cambio una placa por los 50 años de servicios, esos tiempos se han terminado. La mejora continua, la evaluación del desempeño, la adaptación a las novedades de cada sector, la especialización y, a la vez, la versatilidad, son valores cada vez más necesarios y apreciados en un mercado laboral fluctuante y complejo.

Y es aquí donde la Teleformación se presenta como una herramienta que aporta valor. La teleformación ofrece todas las ventajas que puede ofrecer la formación presencial  -calidad de las materias, docentes cualificados e implicados, seguimiento personalizado, enfoque práctico, titulación oficial reconocida con la inclusión en la oferta formativa de los Certificados de Profesionalidad – y solventa algunos de sus inconvenientes: posibilidad de actualización en tiempo real de los contenidos, permite la organización y seguimiento individualizados del trabajo, ahorra desplazamientos y permite un acceso descentralizado y geográficamente más amplio.

Pero también conviene advertir que no evita las responsabilidades de alumnos, profesores,  administraciones y de entidades formadoras- de la índole que sean- hacia la formación: orientación al alumno, calidad, responsabilidad, constancia, trabajo, estudio, proactividad y dedicación basados en el objetivo final: ¿el aprobado? No solo: la adquisición de conocimientos y la mejora constante.

La formación está evolucionando y no hay marcha atrás en tanto en cuanto Centros de Estudios y Administraciones han aceptado el reto de responder (incluso anticipándose) a la demanda social de formación continua y a la utilización de los nuevos recursos que la tecnología pone a nuestra disposición.

Es el momento de la Teleformación.

[1] Naciones Unidas declara el acceso a Internet como un derecho humano: http://www.elmundo.es/elmundo/2011/06/09/navegante/1307619252.html

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